lunes, 25 de febrero de 2013

Quiroga vuelve



Olga Zamboni y Anibal Silvero, presidente de la SADEM
Días atrás se realizó en San Ignacio, terruño inspirador de Horacio Quiroga, un homenaje al escritor en conmemoración de un nuevo aniversario de su partida (Buenos Aires, 1937). Entre muchos trabajos alusivos que se presentaron recibió el primer premio “Quiroga y sus fronteras” de Olga Zamboni. El evento, que fue organizado por la Municipalidad de San Ignacio y los Amigos de las Letras de Horacio Quiroga, tuvo como exponentes musicales a Joselo Schuap, quien interpretó temas referidos al escritor y su obra, y a Claudio Bustos, quien cantó “Volver en un cuento”, de Ramón Ayala.   La escritora es una de las tantas estudiosas de la obra de Quiroga, aquí el texto ganador donde analiza el lenguaje “fronterizo” empleado por Quiroga en sus cuentos.


Quiroga y las fronteras


Querría comenzar esta evocación de Horacio Quiroga con tres palabras de fundamental importancia en el camino de las vidas humanas y de la suya en particular. Azar; Nombre y Frontera.
 

Por Azar - otros llaman Destino - nuestro autor nació bajo el signo de Capricornio un 31 de diciembre, día de San Silvestre, razón por la que lo bautizaron como Horacio Silvestre Quiroga. Si es verdad el verso de Borges que dice: “en el nombre de rosa está la rosa/ y todo el Nilo en la palabra río”, nadie mejor que nuestro escritor para probar esta identidad Vida- Nombre. Silvestre viene de selva, a la que él amó y escudriñó sus secretos.
 

Silvestre, salvaje, fue la vida que eligió, libremente, y así lo expresa:
“El hombre abandona la ciudad y se instala en el desierto, a vivir por fin. Esta vida, esta soledad, esta elevación sobre sí mismo, que no comprende ninguno de sus amigos, constituye para él el verdadero existir”. Y agrega: “…el hombre regresa a la selva. Su modo de ser, de pensar y de obrar lo ligan indisolublemente a ella”.
 

El Azar de conocer a Lugones hizo que éste lo invitara a integrar la expedición a las ruinas jesuíticas de Misiones. Así llegó a la Frontera - tercera palabra - a la que conocería más que nadie, y que sería pasto para su obra maestra. Hay fronteras físicas, psíquicas, intelectuales pero nos interesa una: la idiomática, típica de Misiones, que él cruzó, asimiló y aplicó magistralmente en sus cuentos, tanto la vecindad con el guaraní como con el portugués. A los que se suma el caudal inmigratorio abundante en la región. Veamos algunos cuentos: En Un peón da vida a un personaje pintoresco notable por su habla: un portuñol con ciertos matices de guarañol, que lo caracterizan como el típico brasileño en su buen humor y locuaz jovialidad. Escuchémosle:
“Tengo trabalhado antes de ahora no foz do Iguassú e fize una plantación…”
O: “¡Ja, ja! ¡Isto sí que está bueno, o patrón!..”
O: “Entao me voy a ensuciar por mi ropa para fazer este pozo condenado?”
O, en la evocación final del narrador: “¡Oh patrón velho! …¡Temos trabalhado lindo con vosé, lá, no Misiones!”

Horacio Quiroga

Una bofetada, en cambio, es ejemplo de la parquedad del nativo guaraní, al vengarse del patrón que lo había maltratado en el obraje. Apenas unas palabras cuando lo va llevando a la muerte:
“¡Levantáte! ¡Caminá! …gringo de aña membuí ¡Opama la fiesta, che amigo!”
En Los pescadores de Vigas es inconfundible el cruce del guaraní con el castellano:
“Ese hablero… ¿Te costó mucho a usted, patrón? …tiene mucha delicadeza?” –dice Candiyú, en tratos con Mister Hall para hacerse dueño de una vitrola a cambio de vigas de palo rosa que “pescará” en el río y con las que el inglés se fabricará muebles de primera. También da cuenta del “pedregoso” castellano de éste, al indicarle el funcionamiento del aparato:
“…botón acá, botón allá…¡yo enseño! ¿Cuándo tiene madera?”.
Acaso la mejor muestra del conocimiento del habla fronteriza con el Paraguay, tanto en sintaxis como vocabulario, sea en el cuento Los Precursores. Leemos:
“Yo soy ahora, patrón medio letrado, y de tanto hablar con los catés y los compañeros de abajo, conozco muchas palabras de la causa y me hago entender en la castilla. Pero los que hemos gateado hablando guaraní, ninguno de esos nunca no podemos olvidarlo del todo...”
En el cuento Los Mensú: Cayé y Posdeley, (obsérvese el nombre escrito según la pronunciación popular) el segundo de ellos, enfermo, le habla a su patrón:
“No me hallo con esta fiebre…No puedo trabajar. Si querés darme para mi pasaje te voy a cumplir en cuanto me sane…”


Pero es indudable que Los Desterrados es cumbre de su narrativa en lo formal y en la significación profunda del ser fronterizo de los habitantes de una “tierra de nadie”, residencia de los tipos humanos más extraños. Quiroga lo explica al comienzo de este cuento, y en parte podemos aplicar lo dicho a su propia vida:
“Misiones, como toda región de frontera, es rica en tipos pintorescos. Suelen serlo extraordinariamente aquellos que, a semejanza de las bolas de billar, han nacido con efecto”.


Los desterrados Joao Pedro y Tirafogo, brasileños, con cuentas no saldadas con la Policía, son dos amigos que al final de sus vidas, presienten la muerte cercana e inician un utópico regreso a la patria natal. El deseo se vuelve espejismo y creen reconocer la tierra natal - esa minha terra - cuando la verdad es que están a punto de traspasar la frontera definitiva de sus existencias. Son sólo dos ancianos en la esperanza del arribo:
“¡Seu Joao! …¡É a terra o que vocé pode ver lá! ¡Temos chegado, seu Joao Pedro!”.
Pero le llega la lucidez final:
“O que é…seu Joao Pedro – dijo Tirafogo- o que é, e que vocé está de morrer…¡Vocé nao chegou!”.

 

La última frontera

Horacio Quiroga fue también un ser “fronterizo”, siempre en la línea entre dos - o más - mundos. Agricultor, fotógrafo, macheteador, cazador, navegante a vela por el Paraná, aclimatador de especies vegetales raras, curtidor de cueros, carpintero, herrero, sabe ser en Buenos Aires un verdadero dandy, escritor elegante como el que más, habitué de cafés y reuniones literarias. Cinéfilo fanático en los comienzos del cine, espectador y crítico, fundador de la crítica cinematográfica. Atraído por el misterio, exploró en su vida y en sus obras espacios ignorados, exóticos, hasta cruzar - voluntariamente, preso de un cáncer mortal un 19 de febrero de 1937- la frontera más ardua: la muerte. Cumplía así lo que escribió a los 18 años en la Revista de Salto: “El enfermo se mata cuando plenamente comprende que su mal no tiene cura y que entre el sufrir y el no sufrir es fácil la elección.”


Colaboración Profesora Olga Zamboni
Territoridigital.com
Posadas, febrero 2013.

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