jueves, 2 de mayo de 2019

“Juan Carlos Soto jamás perdía un trazo”

Continúa abierta la muestra de Juan Carlos Soto en el Museo de Bellas Artes de Corrientes. En su inauguración hubo poesía y palabras sobre el artista de Andrea Soto, Roberto Villalba, Estefanía Ceballos, Jorge Sánchez Aguilar, Fernando Calzoni, Gabriel Ceballos, Cacho González Vedoya y del director del Museo, Luis Bogado. Fue una velada pletórica de recuerdos y emociones.


por Paulo Ferreyra
sapukai.culturas@gmail.com


En el patio del museo, pasada las 20 todavía seguía ingresando visitantes. Las charlas se encendían en distintos espacios. El director del Museo, el licenciado Luis Bogado, dio la bienvenida a los presentes. “Es muy grato y un placer para nosotros poder exhibir estas obras únicas de Juan Carlos Soto. Este año el artista vuelve con estas obras para el deleite de todos los correntinos", expresó y abrió el espacio para los familiares, amigos y poetas.



Luego fue el turno de Andrea Soto, la hija de Juan Carlos. Agradeció el acompañamiento de amigos y familiares; también extendió palabras de gratitud al museo por hacer posible la exhibición de estas obras y a su hija del alma, Maybe Luque. Después fue presentando a los amigos que conocieron y compartieron largas veladas o tertulias junto a su padre. 


 Condenados a su piedad

“Este es un viejo poema que escribí cuando Juan todavía estaba en plenitud creando su mundo. Hacía poco que lo había conocido pero me llegó tan hondo que traté de sintetizar en un poema lo que pensaba de él”, así deslizo pausadamente el poeta Jorge Sánchez Aguilar. Se sentó y tomó su carpeta donde además guardaba otros poemas. Había silencio en el ambiente. Apenas el sonido de un celular hiende el ambiente. Las voces de la calle se apagan y la voz de Jorge llega amable, dulce, una caricia al pintor.


“Ojos con llanuras plásticas de musiqueros inocentes

y bailantes ardiendo su ceibal de ríos sentenciales

y pescadores en su inasible transparencia



todos condenados a su piedad.



Siempre hay un santo popular en su espacio ganado a la muerte

sus putas y borrachos feroces siempre andan de bodas con la justicia.


El amor levanta vuelo a contrapelo y la muerte abre su puerta al misterio


llevamos la noche a cuenta de la madrugada”.



Así rezaban algunos fragmentos del poema de Jorge Sánchez Aguilar dedicado a Juan Soto. La noche fue madurando y llegaron las palabras del escritor José Gabriel Ceballos. “Para evitar dispersarme, escribí algo cuando Andrea me invitó a esta presentación. Además, hablar de Juan Carlos Soto implica una cuestión complicada. La cuestión es definir el abordaje o desde qué perspectiva voy a referirme a él”, advirtió en esa voz grave y a la vez amable del escritor.


Compromiso


Costó asir lo más importante, subrayar o acortar de alguna manera las palabras de Ceballos. Todo fue importante pero más aún fue la apreciación de que Juan Carlos fue un artista comprometido. Para decirlo más claro, fiel al compromiso del artista con su vocación. “Si hay un concepto incuestionable que surge de su obra y de su historia personal es ese compromiso. Nadie alcanza la talla de artista de Juan Carlos sin jugarse a vida o muerte por su arte desde que se nace a su lucidez y hasta el último día. Ahí está el compromiso como enseñanza. El arte es un destino, si se quiere, una actitud frente a un destino que otorgó una vocación. Actitud que asumida obliga a una concentración total, sin intermisiones, sin descanso. Él tenía un ropaje indeleble: el humor. Aquel sentido del humor lo acompañaba como una sombra. Sus amigos festejábamos aquel humor sagaz, filoso, penetrante y muy a menudo dirigido hacia sí mismo”, destacó, entre otros conceptos Gabriel Ceballos.



Los aplausos llegaron rápidamente, pero fueron interrumpidos. Se espaciaron y cerraron con la misma rapidez. “Quiero continuar ahora con un poema. Este es nuestro homenaje en familia. Ahora quiero terminar con un poema que escribió Estefanía, que ahora me confió para que lo leyera”.



A Juan Carlos Soto


No es morir lo que es para siempre.

Nacer es lo que es para siempre.

(en La lluvia indecisa, Mia Couto)



De antiguo vienen las manos

en procesiones de guachos mujeres desnudos esqueletos

de animales como humanos y ataúdes cargados por payasos

cortando el tiempo

vienen las manos

cargadas de flores y trozos de carne

arrastrando silbidos ancestrales

poderosas manos de los muertos

llegan rituales

exhalando el rancio devenir de los días

como un vals del infierno

(o del cielo)

Llegan las manos

Del regocijo de la muerte

Con olor a tabaco y ginebra

A dar testimonio

De su legado.




Estallan los aplausos. Estefanía está cerca y sonríe. Es una mueca feliz en un rostro lunar tallado por otro artista. Sus ojos brillan mientras tira hacia atrás un mechón que besa sus pupilas. En el decir de Edgar Romero Maciel y Albérico Mancilla siempre hay enero en su piel. Mientras se apagan los aplausos hay miradas familiares, de afectos, alegría, felicidad. 

La familia de Juan Carlos Soto se abraza con los ojos. Todo crece, las emociones que golpean un pecho, los ojos, las manos que se extiende y las miradas que riegan el ambiente. Los celulares siguen captando momentos y hay algunos que hacen transmisiones en vivo para las redes de Instagram o Facebook.


Del mismo barro iré siendo

Juan Carlos
 era muy generoso. Recuerdo que una vez estaba haciendo un guitarrero. Lo hacía en un papel que encontró por ahí. Era un guitarrero y un acordeonista. El guitarrero tratando de escuchar sus cuerdas con clavijero de madera. Tuve que decirle que me gustaba mucho. Esa obra estaba por venir. Ahí mismo me la regaló y la tengo guardada en mi casa. Pero no tengo al acordeonista porque otro personaje había elogiado su dibujo y él partió al medio su obra y le regaló al otro la parte del acordeonista. Así era Juan Carlos. 



Hoy me queda por morir bastante

y no habré de morir lo suficiente

del mismo barro iré saliendo a tientas

igual que la chicharra en la siembra.



“Decía que siempre Juan Carlos era un filósofo. Él era certero. Era certero en la pluma, como artista y como dibujante era certero. El jamás perdía un trazo. Juan Carlos Soto jamás perdí un trazo”, lo dijo sin comillas, sin subrayar, sin poner acentos, si hacer silencios y pero desgranando esas palabras como si brotaran de lo profundo de su ser interior. Roberto Villalba lo conoció en profundidad y celebró este reencuentro con la obra de Soto.


Ya en el final de la velada, mientras algunos degustaban alguna bebida Fernando Calzoni tomó la palabra. Contó algunas anécdotas de su relación con Soto y leyó un fragmento de lo que escribió sobre el artista y que estaba impreso en la tarjeta que se entrega a los presentes.

“El negro Juanca...

elevado en cielos de arpillera y tela

repara en sus musas,

amasa la tinta caá

y el frío tinto de añá,

salpicando de villa, de Villa Ana

sus horas de estrellas

Se quita los lentes y mira hacia dentro

masticando el segundo

de cada palabra con su color,

haciendo del arte

un juego de niños.


Tras estas palabras se sumaron aplausos y como cierre llegó la música de Luis Arnal quien también se vio desbordado por los recuerdos y la emoción. La noche parecía no tener fin. Hubo sonrisas, recuerdos y momentos que se encendían a cada nuevo cruce de miradas. Aún quedan los dibujos en la pared, los cuadros, la obra de Juan Carlos Soto que viaja material e inmaterialmente por la ciudad de Corrientes. Al decir de Mia Couto, “no es morir lo que es para siempre / nacer es lo que es para siempre”.

La muestra es libre y gratuita, y permanecerá hasta el 19 de mayo en los horarios habituales del Museo, de martes a viernes de 8 a 12 y de 16 a 20. Sábados y domingos de 9 a 12 y de 17 a 20.



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