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“La hoja es el equivalente a la vida”

Entrevista con Franco Rivero

jueves, 5 de octubre de 2017

Se fue con el sol en los labios


"Todo en el mundo comienza con un sí" dice Clarice, pero siempre hay una escena que se atreve a contradecirla. Esta historia no comienza sino que termina. Ángeles, por ejemplo, fue en el sentido contrario. “No, punto final. No creo en las pausas. Una historia continúa o se termina, no hay pausas. No", insistió.

En la librería el orden de los libros es impecable: a mis espaldas está la sección de música, más allá están las de psicología y filosofía. Frente a mí están los libros, y detrás mío su cara mirando la vidriera que da a la calle Pellegrini, centro de Corrientes.  Flotan en el aire la música brasileña y el aroma del que café llega por oleadas.

— ¿Te parece si nos vemos esta noche? Necesito hablarte decía el mensaje de watsapp.
—  Claro respondí casi de inmediato . ¿Pasa algo? pregunté varias veces . ¿Pasa algo?
—  A las 20 está bien convenimos después de varias idas y vueltas.

El lugar parecía en ese momento idílico. Las mesas pequeñas, las luces cálidas, la música, las sillas bajas, el aroma a jazmín que llegaba de algún patio vecino. Yo estaba ansioso y llegué antes; Ángeles en cambio llegó puntual, altiva, multicolor, agitada. Sus pulsaciones estaban por estallar y en ese momento creí - o sigo creyendo - que era por la caminata.

Pasamos varios meses conociéndonos, después nos pusimos de novios más formalmente. Hubo algunos nubarrones en el medio pero nada grave. Casi sin darnos cuenta nos comenzamos a querer. Creo. Me gustaban sus colores, su sonrisa desde siempre, sus charlas, sus proyectos, sus comidas, su energía, su vino. 

Con un gesto trémulo me arregló el cuello de la camisa.

Es mejor así. Punto.

Ahora su voz era más segura, se percibía en sus ojos, en sus facciones, en el silencio después de cada palabra. Estuvimos por unos segundos sin decir ni hacer nada. Me ensombrecí.

Se apretó los labios, movía la cabeza de derecha a izquierda, parecía contener una sonrisa.

— No creo en las pausas — insistió ahora acentuando con gestos sus palabras.

En estos momentos intento asir vagamente palabras para pintar su sonrisa, sus labios, su dentadura, las expresiones que tomaba su boca en cada risa, pero no alcanzo ninguna. Reía con el cuerpo, con los ojos, las manos, los pies, con todo, con todo, con todo.

Ahora entiendo que no pude acariciar su alma y por ello nada viene a mí. Nada. Se fue enseguida, ya no había nada que hablar. Algo de mi se fue con ella, trato de saber qué es, aún no lo sé pero algo de mi se fue con ella. El cielo de la primavera correntina enmarcó su figura que se alejaba con un halo multicolor.

Cuánto creciste en mi alma. No puedo salir de mi letargo. Sigo en la librería. La música se apagó, oscurece gradualmente, afuera espera pronto la noche.  Escribir a veces es espinoso, tanto como tomar el machete y abrir caminos. Te escribo, me escribo, para insuflarme vida, para extender ese lazo ardiente y generoso que fuimos. Fuimos.

por paulo ferreyra