lunes, 15 de octubre de 2012

Hay un estado de lucha ideológica latente

Juan Alberto Gómez es el tataranieto del prócer Andrés Guacurarí. Aquí reconstruye su historia familiar en Caa Catí, Corrientes. Juan Alberto Gómez (67) habla pausado, con la cadencia y el acento de provinciano correntino. Pone énfasis de lo que dice, usando ambos brazos, aunque con movimientos nada bruscos. Por debajo de sus cejas tupidas, asoman sus ojos que parecen estar agotados, quizás por el largo viaje desde Corrientes. Habla con elocuencia.


Gentileza Ricardo Javier Vera
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Gómez es amante del chamamé. “Tengo un don natural que por más que no haya escuchado nunca la melodía sé si está desentonando o no. Porque hay una secuencia lógica y que no todos tienen”, estima. También aprendió que, así como la música, muchos libros de la “historia oficial” están desafinados con la realidad. “Como en toda la Argentina, tuvimos el relato de una historia y se olvidaron de contarnos la otra parte”, admite Gómez. Esa otra parte él la escuchó de niño y fue narrada por su familia, en guaraní. A través de una tía y una abuela que hablaban la lengua aborigen, Gómez supo por primera vez de Andrés Guacurarí: su antepasado.

Leopoldo Jantus, director del Archivo General de la Provincia de Corrientes, confirmó su parentesco con el máximo héroe de Misiones. Gómez está orgulloso de tener su acescencia, a pesar de que su nombre es motivo de polémica.

Es que Guasurarí liberó a los indios esclavos de Corrientes y por decenas de años fue demonizado (aún es considerado en algunos ámbitos) por la aristocracia de la provincia vecina. “A nuestra precariedad económica, le sumamos el acoso, el odio que pudiera generar esto. Entonces más vale lo teníamos calladito”, confiesa Gómez en el bar de una esquina posadeña.

Gómez recuerda fechas y nombres. Recomienda a todo aquel que viva en estas latitudes aprender el portugués tan fluido como el guaraní. Lo dice sonriendo y levantando las cejas. Su acento es cándido como tal vez habrá sido cuando aún era maestro rural. Acepta rearmar su historia de vida, partiendo de María Mercedes Esquivel, su familiar por parte de padre. Esquivel fue hija de un militar en Caa Catí y tuvo un hijo de Andrés Guasurarí. Gómez es tataranieto del prócer indio.



¿Cuando se enteró que era tataranieto de una figura tan importante?

Cuando tenía seis o siete años. Me enteré en mi hogar. A través de mis familiares que me contaban esta historia en guaraní. Cuando entrábamos a tocar la historia hablábamos en guaraní. Papá y mamá no querían que habláramos guaraní. Pero una tía y una abuela sí hablaban en guaraní. Era tan lindo ese cuento. Porque me contaron como un cuentito lo que sucedió: cuando viene Andresito. Que después eso me asombra, cuando veo reflejado todo eso, por ejemplo, en lo que cuenta Marco Tulio Centeno, o (Pedro) Cabral de Corrientes, en su libro Caa Catí, sus hombres. Encuentro lo mismo que alguna vez me contó mi tía. Solo que este libro estaba en español, en castellano. A pesar de todo, porque nosotros vamos a decir la verdad, recibimos a través de la prensa y de algunas manifestaciones de actos públicos, algunas manifestaciones de hostilidad hacia mí y hacia mis familiares.

¿Porqué? Primero diciendo que todo lo que se decía de Andresito era mentira. Que era un invento de los misioneros, porque necesitaban tener un ídolo y apoyarse en alguien que aparezca como el salvador. Cuando ya nadie le hizo caso a la gente, entonces empezaron a atacarnos. Porque lo que yo decía y mi hijo alguna vez publicó en un diario no era cierto. Porque esa cronología, todo lo que es la historia de mi familia, primero la hizo (el historiador Gustavo) Sorg. Después Sorg se desdice, pasado unos años. ¿Qué clase de historiador es Sorg, que primero cuenta una cosa y después otra?. Entonces hay un estado de una lucha ideológica latente, subterránea.



¿Cómo fue que Esquivel y Guasurarí se encontraron?
Cuando Guasurarí llega a Caa Catí la familia Esquivel se había refugiado en una isla, cercana a la población. Alguien los delató. Entonces él mandó un piquete, un grupo de sus guerreros. Y en muy poco tiempo las trajeron a todas. Andrés, sin decir palabra, las miró a todas y eligió a una de ellas: a María Mercedes Esquivel. Algunas hacen una pregunta que yo ya no puedo contestar: si entre ellos hubo feeling, si eso fue un rapto, si hubo violación. No puedo decir. Eso solamente Dios debe saber. La cuestión es que cuando Andrés Guasurarí parte de Caa Catí, hacia Mbrucuyá y luego a Saladas, se va esta muchacha con él. Todavía estaba la Caburú, que era la esposa principal de Andresito. Ella la acompaña a sus recorridos por Mburucuyá, Saladas, Corrientes. En Corrientes, Esquivel estuvo aproximadamente ocho meses con él. Cuando Andresito recibe la orden, cumplió con lo ordenado, dejó una guardia en Corrientes Capital, toma la costa del Paraná. No entra en Caa Catí, manda un piquete y la devuelve (en 1819). Ya estaba embarazada. Ahí, después nace, de ese embarazo, un hijo que se llamó José Marian, que fue el papá de mi abuelo. (Esquivel) trajo un rosario tallado a mano, que tenemos en casa, como recuerdo familiar. Todos son recuerdos de familia. No hay un notario, alguien que diga “eso que exista” en la familia. Todas las cuentas (del rosario), de los separadores están tallados. Y (llegó además con) una bolsita de cuero, con algunas, ya no podemos saber si eran diez o veinte monedas de oro. Nosotros nomás imaginamos después de mucho tiempo. Porque ella vino con la deshonra de estar embarazada por un aborigen. Ella no eligió. No necesitaba. Era (de familia) bastante adinerada.



A qué edad comprendió la idea federalista de Guasurarí?
Cuando era maestro. Estamos hablando de cuando tenía 17 años. Pero seguíamos guardando silencio por lo que te decía: no era bien visto. Ya nuestra precariedad económica le sumamos el acoso, el odio que pudiera generar esto. Entonces, más vale lo teníamos calladito. Nunca contamos, sólo así: subterráneamente, a gente muy allegada, conocida. Y ahí terminaba. Pero pese a todo esto, pese a cierta oposición de pensamiento frente a todo esto, yo crecí tranquilo, sin ningún cuestionamiento. Me siento bien. No tengo odios hacia nadie, porque pienso que cada uno tiene el derecho de expresarse como quiere. Me siento correntino, tal vez con alguna raíz misionera, porque estamos hablando de Andresito. Pero todo ese resquemor que tiene alguno y la antipatía que muestran otros, lo único que me hacen sentir es más argentino cada día. Estoy conforme viviendo en Corrientes. Me hallo, me alegro aquí en Posadas, Misiones; a algunos lugares que viajamos. Siento alegría de estar en Misiones, como también en San Borja (Brasil), donde unos amigos están hablando del mismo tema, con muchas adhesiones hacia Andresito. Entonces no puedo sentirme mal. Sin conflictos.




¿Percibe una especie de revisionismo histórico?

Aparece, no tan activa como pudiéramos imaginar. Hay gente joven y mayor que se interesan por estas cosas. Hace pocos días, vino un grupo de Corrientes Capital, con porteños parece. El 28 de septiembre cambiaron el nombre de una calle de San Cosme, que se llamaba Conquista del Desierto, le pusieron Andrés Guasurarí. Ese mismo día, en horas de la tarde, otro grupo de historiadores uruguayos y bonaerenses estuvieron en la Sociedad Española (de Corrientes) tocando el tema del Artiguismo. Con mucho público.



¿En qué cree usted reconocer su consanguineidad con Guasurarí?

No quiero mentirte pero no sé cómo habrá sido él. Ni me imagino. Fijate que en un lapso de 50 años el hombre cambia. (...)No me identifico porque tengo el umbral del dolor muy bajo. No me gusta sufrir. Cualquier golpe me duele. Mi heroísmo mismo. Hoy no estamos preparados para arremeternos así. Vos me podes decir: “¡ah sí!, porque quién sabe con qué estancia se quedó (Guasurarí”. En ningún registro hay nada a nombre de él, por ejemplo. Otro grande es San Martín. Lo único que tuvo fue una chacrita en Mendoza. Y cuando vino a reclamarlo lo echaron. Benetton nomás tiene 250 mil hectáreas. Entonces el heroísmo de San Martín sirvió para conservar esa chacra que tenía en Cuyo. De Andresito no quedó nada. Solo la gloria de haber nacido acá, en las misiones.



Un Maestro de escuela rural


Juan Alberto Gómez es jubilado docente y actualmente vive en Corrientes Capital. Nació y creció en Caa Catí, donde además de ser maestro rural trabajó para Vialidad, donde renunció para dedicarse a la docencia otra vez. Tuvo una empresa de sodas y también fue concejal por unos pocos años, en la década del ochenta. Su antepasado, María Mercedes Esquivel, quien tuviera un hijo con Guacurarí, pertenecía a una familia patricia de Caa Catí, la capital del departamento General Paz en Corrientes, donde nacieron además escritores y políticos conocidos en la provincia, como el gobernador Benjamín González. A Posadas, Gómez llegó el viernes invitado por el historiador Alejandro Larguía, de la Asociación Flor del Desierto. Larguía dio una conferencia en la oficina de la Brigada de Monte 12, sobre sobre la Última campaña de Andresito (1819) y la Batalla de Ituzaingó (1827).

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