viernes, 6 de febrero de 2026

Yuliana Ortiz Ruano: Para contar una historia de terror es necesario encontrar un espacio luminoso”

 

 

Yuliana Ortiz Ruano - Foto Adriana Gómez

La escritora ecuatoriana publicó su primera novela, Fiebre de carnaval. En esta charla contó cómo surgió la voz de Ainhoa, sobre por qué le interesa y se ocupó de escribir sobre infancias. Ella trae su realidad y nos narra todo desde el espacio luminoso de la literatura. “La mayoría de las cosas que tenemos en el plano físico se imaginaron primero. Creo que es importante pensar en esa dimensión casi conjural y brujil del lenguaje. Vivimos hoy una realidad completamente distópica”, aseguró. Además, contó que significa para ella el carnaval.

 

Por Paulo Ferreyra

Foto de Adriana Gómez

Ilustración de Angelica Liv

 

La poeta y escritora empezó a escribir unos borradores allá por el 2018. Venía de publicar poesía y este era un proceso más ambicioso, escribir su primera novela. Cuando llegó el año 2020 y empezó la pandemia revisó sus lecturas. Por ese tiempo estaba leyendo mucho sobre infancia y la mayoría de sus novelas de cabecera tenían a la infancia, un niño o una niña como centro, ya sea como narradora o como personaje principal.

Recordó algunos libros como Papi de Rita Indiana, La maravillosa vida breve de Óscar Wao de Junot Díaz, entre otras. En ese contexto Yuliana comentó que si quería escribir una novela donde una niña hable del carnaval, donde además se revele el trasfondo del abuso sexual y del sistema de dolarización de Educador tenía que traicionar al sistema adultocrático.

Así fue como Yuliana encontró la voz de su novela, Ainhoa. Aquí una niña cuenta la historia en primera persona y lo hace por dos razones. En principio porque en contextos de crisis económica las infancias son dejadas de costado. La crisis de Ecuador a finales de 1990 y principios de los 2000, cuando el dólar incrementó de una manera bestial el precio de la vida muchas personas salieron a las calles a trabajar. Ese marco de situación económica nunca se contó desde las infancias.

Durante la charla, Yuliana explicó que “que las crisis económica nos atraviesa de muchas maneras. De hecho, hay un montón de violencias alrededor de esas crisis que acontecen en los cuerpos infantes que todavía no se han contado. Hablo ya no solo de lo que acontece en mi país sino también en lo que ha atravesado la humanidad. Ahí que es interesante pensar en la voz de la niña, porque usualmente el cuerpo de la niña es un cuerpo que además está atravesado por el género”.

La voz de Yuliana por momentos se hace pausada. Piensa en voz alta y reflexiona sobre todo lo que rodea a las infancias. Su ejercicio de escritura fue interesante ya que traicionaba su voz adulta. Ponerse en la voz de la niña fue lo primero que hizo cuando comenzó a darle forma a la novela.

“En un punto fue difícil porque cada vez que entraba a la escritura tenía que volver a leer todo porque esa era la única forma de poder sostener esa voz. Fue un ejercicio necesario y un ejercicio duro. Al mismo tiempo fue un ejercicio muy gozoso porque creo que la ficción en ese sentido nos permite mirar o recorrer una geografía afectiva desde una mirada externa”.

Ese lugar de la infancia también es creativo, lúdico y eso fue crucial para Yuliana. Ella entendió muy rápido que las infancias aún en territorios hostiles y de guerras se permiten jugar. “No es que el infante no sufra la economía o las cuestiones que están atravesando en la sociedad. Las sufren pero siempre van a encontrar un espacio, una instancia, aunque sea evanescente y pequeña para el juego”.

 

— Justamente el juego es una de las cosas que perdemos en la adultez.

 

— Ese fue un gran reto para mí pero creo que esa capacidad de juego es la potencia de lo infante. Pensar la voz infante también es volver a una instancia gozosa de la literatura. Me he profesionalizado en el campo de la literatura y escrito textos académicos. Pero la voz del infante me recordó que empecé a profesionalizarme en la literatura porque me gustaba contar historias. Me gusta leer y escribir. El acto de contar historias era un acto de juego.

Había ahí un ludicidad que primaba en ese acto. Para mí la escritura tiene que volver a ese espacio de juego. Pensar en esas historias desde una instancia del juego. Lo que hice fue llevar un poco al límite el lenguaje para jugar y no pensar tanto en la efectividad.

Estudié escritura creativa y usualmente dentro de la escritura creativa se habla de la idea de lo efectivo, se trabaja en cómo hacer efectivo esto que estoy contando. A mí a veces esos sistemas me parecen muy adultocéntricos y rígidos. Mi intención con la novela era volver a esa ludicidad para desde ese lugar pensar en el juego y en el error. Los niños juegan y se equivocan. Me parecía y me sigue pareciendo necesario equivocarme también, como jugar y equivocarme, como caerme y levantarme para seguir jugando.

 

— El gran contexto del carnaval jugó ahí un papel importante, ¿te permitió potenciar esa idea de juego?

 

— El Carnaval es una fiesta plebeya que caló hondo en el Caribe y en Latinoamérica. El carnaval es una fiesta profundamente social, subalterna y que nos ayuda a tejer vínculos jocosos que subvierten el día a día en el que se convirtió la adultez.

Ecuador es un país bastante peligroso y bastante permeado por el hecho de que no hay quien cuide la vida. No te cuida la policía y no te cuida el estado. Estamos tomados por las políticas y por las economías ilícitas del narcotráfico y del conflicto armado. En este contexto los movimientos que haga una mujer, por ejemplo, van a ser movimientos infantilizados y si te pasó algo siempre será tu culpa porque tú tomaste. Hoy salir a habitar el espacio público en países peligrosos como el mío termina siendo una decisión que te puede cobrar la vida.


El carnaval nos recuerda la potencia de los niños y del juego, no como como algo que vaya a romper realmente para siempre los sistemas de opresión, pero sí en ese gesto de jugar, de festejar y de rozar los cuerpos. Ecuador y Colombia son sociedades muy estratificadas. En cambio en ese tiempo de carnaval se vive un momento de evanescentes que permiten otro tipo de tacto y de encuentro.

En Barranquilla el colectivo del carnaval dice que El carnaval es un país que nace y muere cada año. Es un país. A mí me gusta la idea de patria carnavalera porque son momentos en los que tú puedes ser abiertamente libre, donde no hay un código de vestimenta como tal, donde puedes divertirte, jugar, incluso con tu género, jugar con la máscara, jugar con el disfraz y jugar con el agua, bailar.  

Para mí el carnaval es un instante trágico y festivo en sí mismo. Es festivo pero después esos cuerpos tienen que volver a una normalización, tienen que volver a las casas y van a dejar esa festividad. Pero de todas formas algo sucede con ese flujo que es necesario que vuelve cada año con más fuerzas. Por ejemplo, creo que para contar una historia de terror es necesario encontrar un espacio luminoso.

 

“Bailar es escuchar con la cintura”

 

El libro de Yuliana Fiebre de carnaval es profundamente musical. Por un lado pro las referencias musical que están explicitas e implícitas a lo largo de toda la novela. Además, es un libro musical por ese juego exquisito que hace la escritora con el lenguaje. Entre diálogos y narraciones, entre las muchas frases que subrayé de libro está esta – bailar es escuchar con la cintura.

Yuliana comentó que la literatura para ella es escucha. “La lectura es central en mi vida pero también lo es la escucha”, subrayó. Ella destaca la escucha desde ese órgano que no tiene párpados, desde el oído absoluto y desde esa capacidad sin freno que tiene y le permite escuchar música a mucha distancia.

Creció en Esmeraldas, Ecuador, donde la música es central. Creció en un barrio proletario donde los espacios de festejo son sumamente centrales y necesarios. Tiene en su región un fuerte vínculo con el Caribe, el Caribe colombiano pero también de Puerto Rico y Cuba. Ecuador es un país andinocéntrico donde un porcentaje alto de su población es afrodescendientes. Además, hay una Amazonía gigante.

Esa mirada al caribe es central. “Para mí siendo niña la música fue la primera escuela de todo lo que significa ser afrodescendientes. La música es un espacio de celebración y de aprendizaje”, deslizó. De esta forma la poeta y escritora cuenta que aprendió sobre historia de la comunidad negra a través de la música, no a través de la escuela. “La educación escolar era racista, deshistorizaba a los negros. Los negros solo eran esclavos y no había una historia más profunda sobre cuáles fueron los procesos y lo aportes que hicieron los afrodescendientes a Ecuador”.

Los nombres llueven en la memoria de Yuliana y arma un mapa mental. Se entusiasma. “La música siempre ocupó un lugar central en mi vida tanto como la literatura”, afirmó y su voz juega en distintos planos. Yuliana por momentos desarme el lenguaje para que el sonido se amplifique en diferentes planos. Le gusta que el sonido sea envolvente, que ocupe todos los espacios y que todos podamos escuchar de la mejor manera.

Esa fascinación de Yuliana por la música potencia su literatura a un ritmo encantador. A esto ella agrega que “el ritmo es central a la hora de pensar el aporte de lo negro y de lo africano en el ritmo. El Caribe sigue amplificando los parlantes del mundo en la forma en la que canta, las palabras, son palabras que están completamente atravesadas por una historicidad negra”.

Yuliana Ortiz Ruano - Ilustración de Angelica Liv

  

“La poesía es el mar del que bebo”

 

Fiebre de carnaval es un libro poético. Yuliana antes de sumergirse a escribir esta novela ha publicado libros de poesía y lo más nuevo que publicó, también es poesía. “La poesía para mí es la posibilidad de hacer del lenguaje algo más que lo mero utilitario. La poesía me permite un hacer que va más allá del significado y del significante. Me permitirme trabajar una orfebrería con el lenguaje. Además, se conjuga ahí la posibilidad de escuchar y abrir el oído a lo cotidiano”.

 

Yuliana viene de un entorno de agua. “Soy isleña. La literatura que me interesa es una literatura pasada por agua. En la literatura caribeña el agua tiene mucha presencia, eso permite un tránstio, un flujo y soltar este cuerpo vivo”, destacó.

 

— Abordas acá infancia, violencia hacia las infancias, familia, entre otras cuestiones. ¿Hubo algún tema que en el proceso de escritura te apareció sin que te lo propongas?

 

— Lo importante para mí era no hacer ese ejercicio de traducción que siento que hago cuando escribo. Soy de una zona de Ecuador que tiene sus propias palabras. De hecho, tenemos palabras más cercanas al Caribe, palabras que se escuchan en el reggaeton pero que mi abuela las usaba de manera cotidiana.

 

Cuando escribo poesía siento que hago una intervención traductoria. Esto se llama disglosia cultural. No es diglosia lingüística, que tiene que ver con el acto de cuando alguien habla una lengua materna en la casa y usa otra lengua pública o estatal. A pesar de que todos hablamos castellano hay una diglosia de la lengua.

 

En Fiebre de carnaval lo que hice fue no traducirme. Creo que los argentinos en la literatura son un ejemplo en ese sentido de no traducción. Los argentinos encuentran sus propias palabras, ponen sus propias palabras sin estar pidiendo permiso ni perdón. A mí me parecía que era importante que yo también lo haga. En este sentido creo que escribir es crear una lengua. Aquí yo necesitaba crear una lengua en la que la gente dijera, "Ah, esto es Esmeralda. Esto es Ecuador". Usé un lenguaje propio porque también es una novela y yo podía tomarme estas licencias, tal vez en un texto académico no lo pueda hacer.

 

 

“El lenguaje crea mundos”

 

“La mayoría de cosas que tenemos en el plano físico se imaginaron primero. Creo que es importante pensar en esa dimensión casi que conjural, brujil del lenguaje. La posibilidad de intervenir las realidades”, afirma Yuliana y es eso lo que ella hace precisamente en su novela.

 

“Nosotros estamos en una realidad completamente distópica. Vivimos un presente absolutamente distópico. Hace poco estuve en Austin y ahí hay carros que se manejan solos, hay Teslas, después en California había estos carritos que van solos a dejarte la comida al delivery. Ese futuro no lo quiero. Tal vez para nosotros el futuro no sea imaginar carros que vuelan o carros que se manejan solos, sino imaginar un espacio sin armas, un lugar donde las drogas sean legales para que no exista el narcotráfico, un lugar donde dejen de sembrar eh monocultivos de coca”.



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