sábado, 23 de agosto de 2025

Josefina Licitra: “Crac es una historia de una espera activa”



Ella es periodista, escritora, guionista y una de las más importantes cronistas de nuestro país. Acaba de publicar por primera vez un libro íntimo, Crac. Aquí desentraña una historia personal, la relación con su padre exiliado en la última dictadura militar. En esta charla –porque de alguna manera ella así lo permitió– nos sumergimos en la intimidad del libro.

 

Por Paulo Ferreyra

Edición de texto Patricia Galván 

Fotos de Alejandro Guyot

 

Fragmento

         Ahora llega y se sienta sobre mi cama. Me masajea el pie sano con la misma suavidad con la que décadas atrás me dibujaba la cara.

—Retirar la palabra es una forma de matar a alguien civilmente —dice, cuando termina de escucharme.

 

 

Este año Josefina Licitra publicó el libro Crac. Por primera vez un libro íntimo hasta el hueso.

En 1978 –plena dictadura militar en Argentina– su padre se exilió en España. Su madre y Josefina se quedan en el país. Desde entonces la relación de la autora con su padre fue epistolar. En algún momento esa relación comenzó a diluirse hasta que se extinguió por completo. 

“No hablo de sanar, aspiro a acomodar, escribiendo”, escribió Josefina. Para desentrañar qué estaba pasando en esa distancia que se abrió con su padre publicó en la revista brasileña Piauí el texto O senhor Licitra. Meu pai deixou o país como exilado político, mas também escolheu me abandonar (2018). Fue el primer texto donde indagó sobre por qué se había roto esa relación con su padre. La respuesta de él fue la cancelación directa, en un correo electrónico le escribió: “Mis intimidades, ciertas o falsas, no tienen por qué ser objeto de tratamiento literario, ya sea en Argentina o en la China. Se trató de un misil bajo la línea de flotación en toda regla, que dinamitó lo que quedaba de nuestra relación”. Desde entonces Josefina no pudo volver a escribir.


 

La desobediencia


Pasaron varios años hasta que Josefina volvió a escribir y no ya un artículo sino un libro completo. Aquí, en Crac habla de la relación con su padre, de la escritura, de los militantes de izquierda en los 70 que decidieron tener hijos, de los exiliados, de su familia, de su mamá, de su abuela, entre otros temas.

Hace unos días, gentilmente accedió a charlar por teléfono. Son varias las puertas que abre el libro pero aquí busqué como eje central la escritura. Uno de los puntos fuertes es donde ella desentraña lo que llama “su vocación”. Nos sumergimos así en lo que fue el proceso de llevar sus pulsiones a las palabras y del camino que está haciendo el libro. Claro, también hablamos del señor Licitra.

 

— En el proceso de escritura buscaste desentrañar qué había pasado en la relación con tu padre, ¿qué descubriste?

 

— Descubrí algunas cosas. Por un lado, en un punto central en mi vida que es el origen de la escritura descubrí –de hecho es así el elemento vocacional – que su origen era el pedido familiar de que le escribiera a mi padre. Desde que era chica tenía ese pedido. No tenía como registro eso y al releer sus cartas sobre todo, donde siempre me decía escribime, escribime, escribime sobre lo que sea. Escribime. Esa demanda de escritura fue novedosa porque no la recordaba.

Siempre tuve la sensación de que la vocación llega en una especie de insight. De repente una dice me gustaría hacer tal cosa. En mi caso estaba ligado a una demanda familiar y no tenía registro de eso hasta que escribí el libro.

También me sirvió para entender porque la veda de mi padre que prohibió escribir sobre él me había tomado entera, al punto de haber dejado de escribir. Es justamente la persona que en algún momento me había dicho escribime, escribime, escribime ahora me decía no escribas más. Mi reacción fue obediente y dócil. Eso también lo descubrí revisando nuestro pasado.

 

Supongo que estas cuestiones son las más importantes.

 

Después, para lo que me sirvió escribir es para matizar y entender –hasta donde me fue posible– dado que soy la parte afectada, la hechura de mi padre. Qué es lo que le podía o le puede estar pasando. Además, me sirvió para leer de un modo distinto de qué estaba hecha ciertos militantes de los 70 que tenían puesto como en una primera línea el mundo de los ideales y recién en una segunda línea el mundo de la gente concreta. Trato de no moralizar sobre eso. Me ayudó a matizar una mirada que tenía que se construía de una manera más crítica. Por supuesto que me duele, pero entiendo que haya gente así y el libro me sirvió para entender que hay gente así.


 

— En el libro hay dolor con ese crac que funciona con toda su polisemia. Pero también hay amorosidad. Fernanda Trías dice que escribir nos saca del lugar de víctimas porque nos apropiamos de la historia, ¿sentís que es así?

— Siempre la escritura es un proceso de distanciamiento. De hecho, para que el libro no fuera una catarsis y tuviera un valor literario tuve que trabajar mucho de una manera fría sobre el material. Cosa rara porque es un material que me afecta mucho. La mirada estratégica que uno tiene al momento de editar o trabajar las estructuras de un libro, esa mirada estuvo de una manera adolorida.

La referencia que das está alineada con esto y en el libro hay otra referencia que también habla de lo mismo, de transformar el dolor personal en un dolor narrativo o literario. Creo que sirve, es un distanciamiento que es fundamental al momento de escribir. En lo personal me hizo bien. Si. Me ayudó a mirar todo como si yo no formara parte de eso. Viene con un poco de salud ese procedimiento.

 

— En esto de escribir y volviendo a tú vocación, los recursos del periodismo estuvieron ahí para construir la historia. Por ejemplo, para grabar charlas con tu madre.

 

— Si, me salvó el oficio y el hecho de poder abordar con naturalidad procedimientos como grabar a mi madre, o grabar a Fideo, el último amigo de mi padre en la adolescencia. Me pareció lo más lógico del mundo. En algún momento cuando daba talleres o hacía clínicas de obra, trabajaba con gente que estaba abordando un tema personal y les decía con mucha normalidad - graba. Del otro lado no lo tomaban con esa naturalidad.

 

Me parece que hace falta grabar, por más de una razón, para no perderte nada de lo que dice el otro, para rescatar las formas de habla que tiene ese otro. Desde el periodismo hay infinitas razones por las que el grabador es fundamental. Lo puse a jugar acá porque necesitaba ese recurso. No deja de ser –pensando en la distancia que supone escribir sobre algo doloroso– una ayuda o un recurso que tenemos disponible. El grabador ahí como un elemento propio del oficio periodístico puesto a trabajar en una historia –en la investigación de una historia personal– me hacía bien. Creo que le puede hacer bien a cualquiera. El grabador es nuestro aliado siempre.

 

— También soltar ese registro de las palabras te permite abrir los ojos hacia la observación directa. Hay escenas donde volcaste todo el oficio de cronista.

 

— Hay algo de la crónica que es el uso de los detalles simbólicos, el hecho de poder centrarte en algo muy chico, eventualmente muy chico, si ese elemento arrastra todo un universo de sentido. En una escena que está en el libro hay dos bombones –la escena está articula en torno de eso– que arrastraban la historia familiar de quien se queda adentro y de quien se queda afuera, quien es tenido en cuenta y quién no.

 

Creo que esos bombones, en palabras de Ton Wolf, funcionaron como detalles simbólicos y articularon un montón una sola escena. Además, también ahí me salva mi oficio en el cine, el hecho de estar entrenada en detenerme en cositas que hablan mucho.

 

Todo esto lo digo ahora fríamente. Pero ese fue un hecho absolutamente real, nítido y físico.

 

— …la angustia existió.

 

— Por supuesto. Todo fue real. Hasta te diría que cuando el libro se publicó, o ahora que me preguntás, esos bombones eran un detalle simbólico. Pero lo puedo decir ahora pensando en eso. Pero viví la escena y fue algo verdadero, no hay una sola línea del libro que no sea verdadera y libre de estrategias. Fui construyendo capas y estructuras, pero en el momento esa escena representaba algo que me pesaba, que era real y era angustiante.

 

— En este libro tan íntimo nos acercamos tanto a vos que descubrimos que cocinás, bailás, cantás y escribís, entre otras cosas, ¿todo está conectado?

 

— Absolutamente. En ocasiones cuando me preguntan qué hay que hacer para ser cronista y para mí lo más lógico que hay que hacer es vivir. Conectar con todo lo que se pueda. Ir a recitales, tener amigos, comer, cocinar, buscar otras vías expresivas, leer, mirar cine, enamorarse. Para escribir la vida sirve, solo así se puede mirar desde un lugar complejo, bien alimentado.

 

Me interesa un alimento personal. No creo que exista una división tal como la persona y el escritor, sino que somos todo lo mismo. La persona o el periodista, o la gente que habla de una ética personal y una ética periodística me parece ridícula, somos una misma persona.

 

Esa persona que somos y que cada tanto escribe o que cada tanto hace periodismo, es como la pirámide alimenticia. Hay que meterle un poco de todo porque hace bien. Lo que me genera interés trato de hacerlo o lo ejecuto.

 

— Si bien la columna vertebral del libro es la relación con tu padre, hay un espacio importante dedicado a tu madre. En ese sentido quería ir más allá y preguntarte si te sirvió para mirarte a vos como madre, ¿cómo sos como mamá?

 

— Si, en principio hay modos que tengo como madre que vienen de mi madre. Más allá de que nuestras realidades son distintas. En principio no estoy sola como madre, estoy muy acompañada por mi madre, por mi pareja, por un contexto que no es opresivo. Estamos –más allá de la situación política– en un país democrático. Es otro contexto.

 

Mi madre me crió en una soledad altísima y con un nivel de vulnerabilidad superior. No tengo muy masticado esto pero puedo decirte que me encuentro haciendo cosas que hacía ella aun cuando el contexto social es mucho más amable.

 

Soy bastante expeditiva. No tengo una cuestión pedagógica con la maternidad. Si me pongo a pensar, viene por ahí, podría ser una madre más moderna, pedagógica, dialoguista y en cambio soy de la vieja escuela, bajo línea –esto se hace así y punto. Eso viene de mi madre. A pesar de que mi madre estudiaba psicología y se recibió –esa frase de en casa de herrero cuchillo de palo– en mi casa era así porque todo era expeditivo. Esto es así y punto. A mí me hizo muy bien.


 

— Voy a traer otra frase, hay un poeta, Mario Trejo que dice que "el mejor modo de esperar es ir al encuentro". Con este libro finalmente desobedeciste a tu padre. Volviste a escribir sobre él y este libro de alguna manera dice “papá te espero y mientras tanto voy hacia tu encuentro con un libro bajo el brazo”.

 

— Sí, creo que se pliega bastante. Crac es una historia de una espera. Es una espera activa. Lo que hace al mismo tiempo que sea triste o decepcionante que del otro lado no haya movimiento. Tal como decís, de este lado no es una espera en la quietud sino una espera en el movimiento. Si fuera una espera pasiva - todo se iría diluyendo porque nadie habla y la vida pasa.

En cambio aquí, lo que pude orquestar fue –no sé si abrir el diálogo– pero sí lo que hago es recordar que estoy acá viva y presente. No sé qué va a pasar del otro lado. De todas maneras, queda como resultado de todo esto un libro y de verdad, en un punto me doy por hecha. Además, rompí con algo que me estaba haciendo mal y era esa imposibilidad de escribir. Ahora, poder escribir y hacer este libro mejoró mi calidad de vida. Tengo que poder procesar esto y lo estoy haciendo bastante bien, aunque por supuesto que no deja de ser triste y raro que del otro lado no haya novedades.

Estoy tranquila. Hice todo y es más de lo que imaginaba de mi misma.

 

Amorosidad

 

Josefina Licitra escribió Crac para desentrañar qué había pasado en la relación con su padre. Lo extraña. En algún punto el silencio del padre la enoja pero ese enojo no sobresale en el libro. Es una carta de amor.

“Si hay un estado que atraviesa todo el libro es más amoroso que otra cosa”, agrega. “No quería hacer un libro agresivo. Eso no lo quería para mí. Esta idea de escribir en caliente y editarme en frío primó a lo largo del libro”. Josefina –como decía la poeta Roberta Iannamico– es la carta. Cerró los ojos y se envió.



0 comentarios:

Publicar un comentario